Lo
Paranormal, la Filosofía y la Cultura
LA
FILOSOFIA DEL SER EN J. R. GUILLENT PÉREZ (I)
La historia de la filosofía es la historia del
olvido del ser…
Martín Heidegger
Hemos decidido ampliar la
cobertura temática de esta página, agregando trabajos y reflexiones que
enriquezcan y sirvan para dilucidar el significado de la cultura como obra
humana, en contraposición al
universo natural, del cual –paradójicamente– el mismo hombre
es parte esencial, porque lo humano representa un estadio intermedio entre el
alfa y el omega de la vida, y es en el
decurso existencial humano que se decide la autorrealización del Ser en el
hombre. Y filosofía es, precisamente, toda reflexión fundamental capaz de
conducirnos del ente, como expresión existencial, al Ser como lo real supremo,
en contraposición a las limitaciones del “yo”,
propias de la normalidad humana.
Se trata, al menos, de una noción que compartimos con el profesor J. R.
Guillent Pérez, cuyo pensamiento vamos a exponer en esta página. También puede ser filosofía toda reflexión
específica que indague sobre los determinantes y las posibilidades de una
manifestación dada.
Ya hemos insistido en que
–según nuestra óptica– lo paranormal es normal para toda conciencia expandida.
La primera implicación de esta proposición debería ser la necesidad de expandir
la conciencia humana, lo cual implica, a su vez, que la conciencia humana es
expandible. Sólo podemos agregar aquí
que este proceso de expansión debe, necesariamente, ser el resultado de un gran
trabajo voluntario y auto consciente.
La cultura –dijimos– es toda
la obra humana, pero es autodeterminante.
Actúa como una telaraňa que nos limita en el sentido de que es muy
difícil moverse fuera de sus hilos; como el lenguaje, la cultura recrea y
transmite mapas de pensamiento que no nos permiten ver ciertos aspectos de la
realidad. Todo ello es reforzado por
las restricciones en el ámbito de la percepción y las limitaciones de la
racionalidad, lo cual da una idea de las dificultades primarias a que debe
enfrentarse cualquier individuo que desee iniciar la expansión de su
conciencia.
La filosofía, entonces,
puede ser una gran motivación para el despertar de la conciencia, que debe comenzar, por parte del sujeto, con el
reconocimiento de sus propias limitaciones y el estudio de su propia mecanicidad, asociada a la presencia del
“yo”.
Hemos
seleccionado las reflexiones de un gran filósofo venezolano, J. R. Guillent
Pérez, para esta nueva apertura que va a permitirnos abordar, críticamente, el
pensamiento filosófico y místico de Oriente y Occidente.
“La
reciente muerte de J. R. Guillent Pérez, escribe Carlos Rocha en la Página
Cultural de El Universal (30/04/89), deja un irreparable vacío en la
espiritualidad venezolana. Como
humanista y filósofo, autor de libros, ensayos y artículos sobre el pensamiento
oriental, por cuya esencia fue influido, Guillent pertenece a una clase casi
extinguida de pensadores solitarios tales como Sócrates, Huxley, Watts. Era conocedor de las raíces y las fuentes
vivas de las tradiciones secretas y su devenir giró en torno al conocimiento profundo del “ser”. Su incesante entusiasmo no desdeñaba la
participación real con el ser y con el saber ser cotidiano. Guillent promovió las enseñanzas de
Krishnamurti en Venezuela, junto a personas con similar simpatía por sus
técnicas de meditación y por el misticismo oriental”.
“El
interés por lo oculto, lo grandioso y lo desconocido, también condujo a
Guillent a incursionar en movimientos e
ideas polémicas. Emprendió todas sus
búsquedas con gran honestidad. Su afán
por “la verdad” respondía a su carácter como filósofo, como explorador taciturno e inadvertido en
busca de la prometida evidencia absoluta.
Fue amigo y guía de artistas, científicos, psiquiatras y
espiritualistas”…
Durante
1985 y 1986 llegamos a coleccionar más de 15 artículos que Guillent publicó,
antes de su muerte, en la Página de Arte
y Letras de El Universal, editado en la capital de Venezuela; de este conjunto
de valiosas reflexiones, que en sí representan toda una cátedra sobre Filosofía
del Ser; vamos a extraer una síntesis para los lectores. El Ser, Toma de Conciencia del Ser en
Heráclito de Efeso, Toma de Conciencia del Ser en Parménides de Elea, Toma de
la Conciencia del Ser Según el Taoísmo, el Ser en la Cotidianeidad, el Malestar
Existencial, etc.
En
la búsqueda que todos alguna vez solemos emprender para hallar, cada quien a su
manera, eso que escuetamente denominamos “la verdad”, se dan libros y
pensamientos esclarecedores y definitorios en cada tema de reflexión que
abordamos. En lo personal podemos
señalar, por ejemplo, a Ludovico Silva, otro pensador venezolano, en cuyas
páginas encontramos el significado profundo de la ideología, en tanto que George Gurvitch supo, en su momento,
develarnos los secretos de la dialéctica... así mismo la noción del ser, tema fundamental, brota, clara como la luz dada su sencillez,
cuando nos tomamos el trabajo de seguir, atentamente, el pensamiento universal
de Guillent Pérez.
Miguel Paz Bonells
EL SER, por J. R. Guillent Pérez (Trascripción del artículo publicado en El Universal, Caracas, Venezuela, 17/08/86)
“Pero el Ser ¿qué es el Ser? (pues) es Él mismo. Experimentar esto y decirlo: eso ha de aprender el pensamiento venidero. El `ser’—eso no es Dios ni ningún fundamento del mundo. El Ser es más amplio y lejano que todo ente, y sin embargo más cercano al hombre que cualquier ente, sea una roca, un animal, una obra de arte, una máquina, un ángel, Dios. El Ser es lo más cercano. Pero esta cercanía le queda al hombre holgada, por demás alejada. El hombre, por lo pronto, se atiene siempre al ente, y solamente al ente. Pero cuando el pensar se representa al ente como ente, se representa no obstante al Ser. Sin embargo piensa siempre, en verdad, el ente como tal y jamás el Ser como tal”¹.
1.
Martín Heidegger, Carta sobre el Humanismo, traducción de Alberto Wagner
de Reyna, Instituto de Investigaciones Histórico Culturales (Pág. 185),
Universidad de Chile, Santiago de Chile, 1953.
“Para conservar la grafía dada por mi, la palabra ser, que en la traducción está escrita en minúscula, la escribo con `S’ mayúscula. Este cambio no modifica en nada el texto original, pues en el mismo párrafo que citamos la palabra `El’ se escribe con mayúscula”.
“por lo pronto, mi deuda con Heidegger. El primer escrito de Heidegger que cayó en mis manos fue su opúsculo ¿QUÉ ES LA METAFÍSICA?, allá por los años de 1942; tenía yo 19 años. El encuentro con ese librito cambió radicalmente mi vida. El planteamiento que allí se hace de la nada, como componente esencial del ente humano, rompió la instalación cultural que había recibido, y al mismo tiempo me lanzó por el derrotero en cual me encuentro todavía hoy. Mi deuda con Heidegger la entiendo, no en el sentido de repetir literalmente su sistema filosófico, sino, más bien, en el de qué manera su postura filosófica influyó en mi vida; es decir, cómo he asimilado concretamente, en el vivir corriente, algunas de las afirmaciones capitales de la filosofía heideggeriana, de tal modo que muchas de las expresiones formuladas por Heidegger, al hacerlas mías, las he matizado con mi tono peculiar. Esto, que me ha sucedido con Heidegger ha sido una constante en mí, respecto a las múltiples influencias que he recibido de filósofos, místicos, artistas y personas corrientes, sin títulos académicos. Por lo demás, la vida de una persona no sólo se compone de la influencia recibida de la lectura de los clásicos, sino que a veces es más profunda la experiencia por el encuentro con determinada mujer, o porque nos encontramos siendo padres”.
“La importancia de Heidegger es única en la historia de la filosofía occidental. Su gran originalidad consistió en replantear lo que Anaximandro, Heráclito y Parménides entendieron, respectivamente, por Naturaleza, Logos y Ser, palabras que fueron degradadas, en la filosofía, a partir de Platón. Esta degradación, se mantuvo en el último de los filósofos de Occidente: Jean Paul Sartre. Cuando la palabra naturaleza se entiende en su acepción de naturaleza de las cosas, como por ejemplo, la naturaleza del agua o del oro, lo que se hace es desvirtuar el sentido original que tuvo en Anaximandro. Para este presocrático, la naturaleza es lo absolutamente indeterminado. Lo indeterminado no quiere decir no concreto sino, más bien, Aquello que es lo más presente en los entes, Aquello de donde todo ente procede y adonde todo ente regresa”.
“Así mismo, la palabra logos en Heráclito está a miles de kilómetros de lo que para Aristóteles fue la lógica. El logos heraclitiano es Aquello en virtud de lo cual todo ente llega a ser ente. En fin, la palabra ser utilizada por Parménides. El ser de Parménides no es el ser característico de cada ente, sino el ser fundamento y principio de todos los entes. Pues bien, Heidegger no hizo otra cosa que restituir la acepción que las palabras Naturaleza, Logos y Ser tuvieron originalmente entre los filósofos presocráticos. Con esa arma en sus manos, Heidegger descalifica lo que ha sido la historia de la filosofía desde Platón hasta nuestros días; es lo que él expresa al formular que “la historia de la filosofía es la historia del olvido del Ser”. Los filósofos, a partir de Platón, buscaron la verdad en el ente y, por lo tanto, se desentendieron (existencialmente) de la diferencia (de este con respecto al) Ser”.
“La gran originalidad de Heidegger radica en la diferencia, que señala, entre Ser y ente, y en la preeminencia del Ser sobre el ente. Estas características originales del “pensamiento” heideggeriano las recojo en la definición que di de filosofía en mi libro LECCIONES DE INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA: `La filosofía es el estudio de la diferencia entre Ser y ente, y de la preeminencia del Ser sobre el ente’. Ese manual estuvo destinado a los alumnos de primer año que cursaban en el Instituto Pedagógico Nacional, hoy Instituto Universitario Pedagógico de Caracas”.
“La diferencia entre Ser y ente la entiendo como el tema de mayor rango que pueda plantearse el ente humano. Ente es todo aquello que es algo, no importa como sea ese algo: el río, la luna, la sonrisa, la maledicencia, el centauro, el demonio, son entes. Todo lo que es ente, tiene sus características propias; asi, el río es inconfundible con la luna, , y esta lo es con la maledicencia, y nadie podría confundir maledicencia con centauro. Para captar las diferencias entre los entes, el pensamiento racional es un instrumento adecuado; al menos fue el medio utilizado por la cultura occidental para saber a qué atenerse respecto a cada cosa. A diferencia de ente, Ser no es algo; no hay algo que sea el Ser. ¿Quiere decir esto que si el Ser no es algo, entonces no es? Si nos atuviéramos al pensamiento como árbitro de la realidad, habría que decir que `si el Ser no es algo, entonces no es’, pues para el pensamiento sólo es real lo que es algo”.
“Precisamente la base de la argumentación del sofista Gorgias contra la realidad del Ser se funda en el poder esclarecedor del pensamiento, al cual se le atribuyen poderes totales de esclarecimiento. Y fue la argumentación de Gorgias contra el ser lo que influyó en Platón, y mucho más en Aristóteles, para que se iniciara, con esos dos grandes filósofos, el encubrimiento y el olvido del Ser. Desde Platón y Aristóteles, el Ser viene a ser tomado realmente en cuenta con Heidegger, en este siglo XX. Es decir, la historia de la filosofía occidental es, en lo esencial, la búsqueda de la verdad en base al ente, y para descifrar ese enigma se recurrió al pensar racional”.
“Vale la pena insistir
en la diferencia entre el pensar mágico y el pensar racional. Tomando como punto de referencia la propia
cultura griega, habría que decir que antes del siglo VI a. de C., en Grecia lo
que rigió fue el pensar mágico. Este
pensar consiste en esperar de los espíritus o poderes ocultos, la respuestas
para resolver las urgencias de la vida, así como para esclarecer el sentido
último de la existencia. Para este modo
de pensar, el ser de las cosas no estaba en las cosas mismas sino en los
dioses. En lo que concierne al hombre,
era preciso consultar a los dioses cualquier empresa por realizar. De ahí la importancia de los adivinos y de
los videntes. Ahora bien, en el siglo VI
a. de C. surge en Grecia un modo originalísimo de pensar. El griego de esa época descubre en el pensar
un poder propio de luminosidad. Yo
entiendo este poder de luminosidad así: en lugar de que el pensamiento fuera
arrastrado por esos poderes, el griego logra la increíble hazaña de detenerse, por un momento, en el pensar
mismo, y así, al pensar en río, el
ente humano no se deja arrastrar por las fuerzas ocultas, sino que se queda
frente a la cosa (misma). Ese descubrimiento
debió vivirse en su hora como un acontecimiento más que singular, como un hecho
que podía dar luz sobre la vida, sobre las cosas, sobre el hombre”.
“Hoy podemos ver en qué
consistió esa gran hazaña de los griegos, a partir del siglo VI a. de C. Si yo me acerco a la cosa árbol, éste se me presenta como siendo
lo que él es, desde sí mismo.
Naturalmente que esa manera de acercarme hoy al árbol, no es sino
herencia de la actitud puesta en ejercicio por los antiguos griegos; ya nosotros, occidentales, venimos al
mundo montados en la creencia de remitirnos al pensar racional como óptica
definitiva de la realidad.
Efectivamente, el pensar racional quiere señalar que el pensamiento, en
sí mismo, es el órgano esclarecedor por excelencia. A nosotros, los occidentales, ya en la
familia y en la escuela, se nos instala en el mundo bajo el presupuesto de la
creencia que consiste en tomar el pensar (racional) como lugar de despliegue de
lo real. Y así, para nosotros
(occidentales), el río no es sino río.
Decir que en el río pudiera haber otra cosa que no fuera río, es una
flagrante contradicción: cada cosa es ella misma lo que ella es, y no puede ser
otra; vale decir, cada cosa es ella misma, y no comparte su ser con ninguna
otra. (Dicho de otra manera), el
verdadero ser de las cosas está en ellas mismas. Igualmente el ser del hombre radica en sí
mismo. .
De esta manera Aristóteles habló en términos definitivos (para el
Occidente) al definir al ente humano como `animal racional’. Con esta definición se pone claramente de
manifiesto cómo, para el griego
posterior al siglo VI a. de C., la luminosidad propia del pensamiento
era el instrumento esclarecedor por excelencia.
Y es el hombre, el ente, el portador –en sí mismo—de esa luz”.
“Ahora se comprende, a
la perfección, por qué el griego, a partir del siglo VI a. de C., se
desentiende de las plegarias, de las ofrendas a los dioses, de los adivinos y
videntes;; pues, porque lleva en sí mismo un poder de luminosidad que le permite saber a qué atenerse respecto
a lo que hay. En lugar de ofrecerle
sacrificios a los dioses, en lugar de la plegaria, el griego se pone a
razonar. (Impera) el discurso frente a
la plegaria y la adivinación. Cuando la
maestra de escuela de nuestros días nos enseña a razonar, con toda probabilidad
se ha olvidado de que esa manera peculiar de tratarse con las cosas fue, en su
hora, un descubrimiento singularísimo. Estamos
tan compenetrados (prisioneros) con el pensar racional, que lo tomamos –sin
más—como el único vehículo que puede conducirnos a lo que es. Como es fácil de notar en las escuelas
laicas, como las que propicia el Estado venezolano, no se enseña a rezar sino a
razonar, a discurrir. Vale decir, el
Estado Venezolano está ubicado en la
trayectoria que se abrió entre los jónicos del Asia Menor, en el siglo VI a. de
C. El Estado venezolano no propicia
ninguna religión ni cree en la magia; el asiento fundamental de su existencia
reposa, en primer lugar, en la racionalidad griega”.
“Fíjate, amigo lector,
hasta dónde ha llegado la influencia de Aristóteles. La credulidad en el pensar racional es algo
que nos es común con todos los
habitantes del continente americano, y esa profunda convicción no es otra cosa
que la herencia recibida del europeo conquistador. Mas, no sólo América ha sido avasallada por
el pensar racional., sino que el europeo, por haber conquistado todo el
planeta, llevó a todas partes su óptica esencial de cómo saber a qué atenerse
respecto a lo que es. Y así, en cualquier rincón del planeta donde
haya maestros de escuela, allí se está implantando el conocimiento de que el
pensar racional es el (único y
exclusivo) árbitro de la realidad.”.
“El hombre (occidental)
al tomar el pensar racional como árbitro de la verdad, tuvo, por necesidad, que
remitirse al ente como aquello que representa lo real; puesto que el
pensamiento no puede sino referirse a lo que es algo, al ente, lo que no es
algo (ente) queda fuera de la jurisdicción del pensamiento. Y es aquí donde radica el garrafal error en
que ha incurrido y continúa incurriendo la cultura occidental, en cuanto lo que
no es algo queda fuera de la
realidad. Te das cuenta, amigo lector
cómo, efectivamente, el Occidente ha padecido la ceguera de la razón, cómo se
ha dejado obcecar por el pensar racional hasta el punto de dictaminar que no se
puede vivir fuera de la razón. Esa
obcecación ha llegado hasta el extremo de establecer lo que es vivir
normalmente y lo que es anormalidad.
Así, por estar cuerdo, en sus cabales, se entiende estar regidos por la
razón, haberse sometido a los principios de la lógica establecidos por
Aristóteles. Se ve, así, hasta dónde ha
penetrado en el Occidente y –a través de los occidentales—en todo el planeta,
la racionalidad griega”.
“El occidental, aupado
por el pensar racional, conquistó materialmente todo el planeta. Pero, más que
una conquista material, fue una ocupación a nivel psicológico. La unificación de toda la tierra está fundada
en el convencimiento, todavía hoy predominante, de que el pensar racional es el
basamento más apropiado para existir. El
Occidental, armado con su razón, se consideró a sí mismo como (el representante
de) la cultura superior, por encima de las demás culturas del orbe. Y ese convencimiento es compartido, no
solamente por los europeos sino, también, por los propios pueblos conquistados.
Los ejemplos, hoy más a la vista, son Japón, China, India; no digamos los países africanos, cuyos propios
personeros se han dejado atrapar, también, por el hechizo que en sí lleva el
pensar racional. La pedagogía es, hoy,
una y la misma en toda la Tierra. Y esa
pedagogía no es más que el despliegue de la razón como árbitro de la vida”.
“Pero en este siglo XX,
entre los europeos, ha surgido definitivamente el convencimiento de que el
pensar racional no posee títulos para ser el guía esencial del hombre. Es decir, que en la propia cuna de la racionalidad
es donde ha insurgido la convicción de
que la razón no da para tanto, de que la
razón es –definitivamente—limitada. El
filósofo más esclarecido en cuanto a los límites definitivos de la razón, es Heidegger, quien con su
planteamiento de la nada y del Ser, puso de manifiesto que estas cuestiones
quedan fuera de la razón. Y son estas
cuestiones de la nada y del Ser las que constituyen las dimensiones más
profundas de la existencia, y es –por tanto—en su esclarecimiento donde podrá
revelársenos qué es esto que llamamos ente humano”.
NOTAS: Las
negritas y los subrayados son del
transcriptor. Con los subrayados hemos
querido destacar algunos apartes sugestivos como: (1) Que el significado y la
aplicación del término irracionalidad
en la cultura occidental, para referir eventos, situaciones o cosas sin sentido
“lógico”, es decir, de las cuales el pensamiento no puede normalmente dar
cuenta, refuerzan la tesis de Guillent en el sentido de que el marco
referencial de pensamiento impuesto desde
Aristóteles representa una limitación que impide ir más allá de ciertas
apariencias. No por el hecho de que algo
sea percibido como irracional, debe negársele “realidad”. Aunque Guillent, hasta donde sabemos, no
llegó a enfocar directamente la paranormalidad, su tesis facilita la
comprensión del por qué normalmente la cultura occidental rehúsa la inclusión,
en el universo de “lo conocido”, de de aquellos fenómenos cuya explicación se
le escapa a su ciencia instituída. (2)
Que la afirmación de Guillent en el sentido de que las conquistas territoriales
de Occidente, históricamente denominadas colonias, representan más una
ocupación psicológica que material, resulta perfectamente coherente con el avasallamiento perpetrado en contra de las culturas
autóctonas, especialmente en América; esta cara de la ocupación, sin embargo,
representa, de cierta manera, también un fracaso, que hoy se expresa --por
ejemplo-- en el “choque de civilizaciones” planteado por Huntington, para
quien, modernamente, los conflictos tienden a darse más en el