IDEOLOGIA, ESTRUCTURA Y TOTALIDAD

 

Miguel Paz Bonells

 

La dialéctica y la ideología,¹ enfocada ésta en cuanto  justificación auto sostenida de una estructura social dada, pueden verse como herramientas contrapuestas: mientras la una, bien manejada, expone plenamente la verdad a la luz del entendimiento, la otra, aún mal manejada, puede ocultarla, por siglos, dentro del saco de las apariencias engañosas… de hecho nuestra historia está plagada de esas ocultaciones que – normalmente -- impiden que nos veamos a nosotros mismos como somos en verdad y al mundo como realmente es.

                                                                              

                                                                                El autor

 

“Los  ideólogos son seres que  hieden a falsedad como a algunos les hieden las axilas”…

 

                                                                               Parafraseando una frase de Jorge Gaitán Durán

 

“Sólo el todo es la verdad”…

                                             Hegel

                                                                                        

 

Este trabajo explica un poco por qué decidimos añadir el ingrediente filosófico a los contenidos de nuestra modesta página Web “LO PARANORMAL Y LA CULTURA”…  ¿No bastaba acaso, ya, con lo paranormal como para que probáramos con el lío de lo filosófico?  Ocurre realmente, como solía decir un docto profesor y amigo, que abordar desprevenidamente (indefensamente añadiríamos) eso de lo paranormal, era como introducirse en una humareda al borde de alguna autopista para tratar de ver lo que estaba ocurriendo dentro del monte que ardía… desmistificar es la clave, desmistificar, irreverentemente si es necesario, pero rescatando aquellos valores espirituales, sociales, materiales, etc., que promuevan la realización del hombre integral en el servicio, el amor, la dignidad, la justicia, la libertad respetuosa del derecho ajeno, el desarrollo de la conciencia, la justicia social…

 

Indagar siempre pero de tal manera que no abandonemos  lo mejor que la inteligencia humana  ha implementado para descubrir eso que sencillamente es lo que es: la verdad.  ¿Cómo, entonces, negarle espacio a un mínimo de reflexión sistemática, a herramientas como la dialéctica y a la tentación de disipar, en alguna medida, las sombras que sobre los esfuerzos que muchos realizan, día a día, por encontrar esa verdad, arrojan omnipresentemente las nubes engañosas de la ideología?  

 

Quienes tenemos la mala costumbre de escribir nuestro pensamiento convirtiéndolo en tinta, o en bitios -- para reconocer la importancia de lo virtual en este siglo de redes computarizadas --, en algún momento debemos seleccionar el título del trabajo o del ensayo a publicar, algo que refleje el contenido…  pero el título que hemos elegido, terriblemente prometedor para cualquier lector exigente y conocedor, lo ensamblamos pensando en el estilo desenfadado y riguroso de un pensador y filósofo venezolano muy especial: Ludovico Silva, prematura y desafortunadamente fallecido y de cuya labor nos hemos empapado releyendo atentamente su  arte, el arte de hacer cirugía con las ideas cuando de descubrir la verdad se trata, especialmente en el ámbito de lo social.  El presente trabajo nos permite recordarlo y  las palabras o frases en cursiva han sido transcritas literalmente de algunos ensayos filosófico-literarios suyos, publicados por la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela (De lo Uno a lo Otro, Colección Temas, 1975).

 

Volviendo a Ludovico Silva, deberíamos calificarlo de intelectual en lugar de pensador, porque él distinguía claramente entre intelectual y trabajador intelectual y le habría gustado, con seguridad, ser reconocido como un  intelectual a secas, pues era un disidente, alguien que utilizaba el poder subversivo de la razón, es decir, la crítica total y no mutilada, para hacerle continuas vivisecciones a la sociedad de su tiempo.  Un trabajador intelectual, por el contrario, representaría una especie de conciencia-títere, integrada al sistema y a su servicio, a fin de mantener el orden “necesario”…

 

Hemos puesto esas comillas para señalar que todo orden social forma parte de una realidad cultural sustentada en una estructura de pensamiento, mejor dicho, en una superestructura, dentro de  la cual subsiste, bien nutrida – generalmente – por sus beneficiarios, eso que es la ideología, que debe parecer natural para todos los elementos adaptados a ese conjunto social.  Hablamos aquí de la cultura como todo el universo de signos y mensajes mediante los cuales una sociedad se explica, se comprende y se presenta a sí misma.  Con la palabra “natural”, traída del uso que le da Ludovico Silva en sus ensayos, queremos señalar que toda ideología funciona en una sociedad dada, principalmente como pensamiento que “explica” las relaciones de poder y la definición de los valores que caracterizan esa sociedad, logrando que sea percibida, por el mayor número posible de sus integrantes,  como un orden propio o natural inmodificable.

 

Todos sabemos que ciertos análisis de laboratorio exigen, a veces, aislar el objeto a fin de que pueda ser examinado.  Pues bien, para ciertos “analistas” y  “asesores”,  la tarea de aislar partes de la realidad para “explicarlas” y justificar el orden establecido que las determina, orden que constituye la llamada estructura en el ámbito de lo social, es parte de su trabajo rutinario, para lo cual relegan hábilmente  sus conexiones con la totalidad social e histórica. Sin embargo sólo teniendo en cuenta esa totalidad, es decir, todas las relaciones de causa y efecto adscritas al hecho por analizar, más la historia de esas relaciones, es posible conocer la verdad de ese hecho y sus implicaciones en los demás elementos que constituyen  esa realidad y su periferia.

 

Al trabajador intelectual no le interesa la relación estructural de las partes con el todo, ni la prioridad lógica de este sobre aquellas… todo esto ocurre cuando la conciencia (del) intelectual es falsa, cuando se abandona la crítica y se pierde el sentido de la totalidad histórica y cuando toda “teoría” es manejada ideológicamente para “explicar” y “justificar” el sistema de explotación y de privilegio.

 

Debe llamarse intelectual, por eso, al hombre que utiliza su conciencia para relacionar cada hecho con el conjunto, para denunciar la relatividad de las “verdades” parciales, la falacia de ciertas estadísticas y, en general todo presupuesto ideológico que tienda a oscurecer la percepción de la totalidad.

 

La dialéctica y la ideología, enfocada ésta en cuanto  justificación auto sostenida de una estructura social dada, podrían verse, entonces, como herramientas contrapuestas: mientras la una, bien manejada, expone plenamente la verdad a la luz del entendimiento, la otra, aún mal manejada, puede ocultarla, por siglos, dentro del saco de las apariencias engañosas… de hecho nuestra historia está plagada de esas ocultaciones que – normalmente -- impiden que nos veamos a nosotros mismos como somos en verdad y al mundo como realmente es.

 

En la historia de la colonización de América se conoce un  episodio que no deja de llamar la atención y que podríamos, simplificando,  citar como ejemplo de la respuesta ideológica a un problema concreto: la necesidad de mano de obra para explotar las minas y la tierra por parte de la cultura invasora, en este caso representada por los españoles.  Ante el desacuerdo de algunos sectores minoritarios de la Iglesia Católica, que – por lo demás – se había solidarizado totalmente con todas las conquistas habidas y por haber y, ¿por qué no?, de lo que podía quedarles de conciencia a los conquistadores, la cultura avasalladora comenzó a “justificar” el hecho cruel de tener que utilizar a los indios como esclavos, principalmente porque, acostumbrados como estaban a la libertad, sencillamente se morían al verse reducidos a trabajar sin descanso ni esperanza.

 

Fue así como surgió “naturalmente”  una discusión muy curiosa: se dudaba con respecto a la humanidad de los aborígenes, llegando a afirmarse que eran animales, careciendo, por lo tanto, de alma.  Manejando el Latín, ignoraron que la palabra animal proviene de la voz anima, de donde proviene precisamente también la palabra alma, es decir, que hasta los mismos animales, a cuya categoría los avasalladores pretendían reducir a sus avasallados, estaban animados, al menos etimológicamente, por el hálito de  la Divinidad,  mas no los congéneres sometidos, pues al ser considerados como simples animales podían ser expoliados sin piedad. 

 

 

En esta misma página Web vamos a exponer, pues no hemos podido ubicar al autor para el debido permiso, un trabajo muy interesante sobre un caso de presunto contacto con extraterrestres que, por una parte,  viene a demostrar con claridad meridiana como funciona lo ideológico en el reino de la ciencia establecida y, por otra, como opera cierta conspiración para desprestigiar algunos casos asociables a lo paranormal que bien valdría la pena reconsiderar.  Se trata de Jean-Pierre Petit, un astrofísico y cosmólogo francés, con títulos, densidad intelectual  y honestidad suficientes como para afirmar lo siguiente:

“El hombre de la calle cree, ingenuamente, que los científicos buscan el conocimiento, cuando en realidad le temen profundamente.  Toda la historia de la ciencia está llena de ejemplos.  Piensen en Galileo.  La comunidad científica se organiza (normalmente) como una iglesia que desea mantener su dominio y sus privilegios. Esta idea los ciega por completo”.

¿Por qué este hombre, con estatus científico reconocido, tiene el valor de expresarse en esos términos?  Podemos resumirlo: El caso, denominado “Ummo”, se conoce así por ser este el nombre del planeta de donde, siempre según los documentos que el caso generó por cientos en todo el mundo, provenían los seres que se auto presentaron como “extraterrestres”. Pues bien, varios de estos documentos generados por el asunto Ummo, contenían información tan significativa para la ciencia, que Petit y su equipo, no sólo desarrollaron un proyecto de propulsión (basado en la llamada Magnetohidrodinámica/MHD) que no generaría ondas de choque a velocidades superiores a 15 veces la del sonido, sino que elaboró, y vamos al singular porque entendemos que fue la obra de él solo, una teoría cosmológica que plantea la existencia necesaria de dos universos gemelos, uno de los cuales sería el nuestro.

 

Cuando el equipo de Petit buscó apoyo oficial para desarrollar experimentalmente el proyecto de la propulsión mediante los principios de la MHD, se encontró con un muro infranqueable: la objeción y el aislamiento oficial. 

 

No hice más preguntas -explica: la armada, los políticos, todos están muy interesados en el caso de los OVNI’s  y aquí tenemos una evidencia directa: es el primer intento de incluir, dentro de la investigación científica (de los OVNI’s), algunas aplicaciones militares.  El aerodino (tipo) MHD no es para ellos un simple vehículo, sino el verdadero misil hipersónico, cierta arma avanzada imbatible mediante cohetes convencionales”.

 

Seguidamente Petit alude al problema de la desinformación para ocultar ante el público, una vez más, hasta la posibilidad de ciertas verdades sean conocidas:

“Al mismo tiempo hacen lo posible por mantener a la gente alejada de la verdad que ellos conocen desde hace largo tiempo.   Con este propósito mantienen el secreto pero también desinforman, mientras financian a pequeños grupos de “ufólogos”, de manera que desacrediten el problema de los OVNI’s frente al público, de una manera muy eficiente”.

“Es imposible imaginar lo que hacen la armada y los servicios secretos para lograr que el asunto sea percibido como una tontería.  Con respecto a los científicos, o colaboran secretamente con los militares o participan, espontáneamente, en esta desinformación general.  ¿Por qué?  Porque tienen miedo de ser considerados como tontos”.

Finalmente el cosmólogo francés plantea en forma directa la verdadera naturaleza del problema:

“Uno debe declarar que se requiere cierta cantidad de valor o inconciencia para admitir la idea de que podríamos estar siendo visitados y monitoreados por gentes de otros mundos, más avanzados en la ciencia.  Esta perspectiva aterra a los políticos y a las autoridades religiosas.  Si una tal verdad fuese revelada, ¿sería, aun, gobernable nuestro planeta?  ¿Crearía ello una incontrolable onda de ansiedad?”...

Por ahí van las cosas.  Finalicemos con el ejemplo de un analista económico, o tal vez político,  consultado durante la campaña internacional que adelanta el representante de una nación deseosa de hacer una guerra contra otra por intereses de mercado, con la finalidad de cuadrar estrategias de naturaleza política o comercial.  Esto no es extraño, pues hay tesis muy bien sustentadas que han analizado las verdaderas causas de las principales guerras e invasiones (“conquistas”) registradas, para concluir que su razón última es simplemente económica: necesidad de expandir el territorio o el mercado, necesidad de materia prima para sus industrias vitales o comerciales, etc.  Por supuesto, existen otras causas posibles,  digamos  de   orden   geopolítico,   militar o hasta religioso, pero –para el ejemplo – vamos a referirnos a una causa económica.

El mencionado representante de la nación agresora, o del grupo de naciones agresoras, no va decir públicamente cuál es su verdadera razón, sino que escogerá cuidadosamente un argumento, o una serie de argumentos, sosteniéndolos para justificarse, lo cual es inevitable en todos estos casos, pues obedece a cierta necesidad compulsiva de lavarse las manos, sin contar con el legalismo y otras exigencias establecidas y consentidas debido principalmente a la falta de ética imperante en las llamadas “relaciones internacionales”.

Pues bien, nuestro “analista” (“experto” o “asesor”), llamado por una cadena de noticias o un periódico de gran tiraje, suponiendo, en el ejemplo, que está siendo consultado con el fin de que avale la acción, no tendrá que hacer mucho esfuerzo para argumentar a favor del acto bélico en marcha, porque esos argumentos, esas ideas, ya están ahí, ya han sido instalados en el orden imperante, en el ambiente, a nivel consciente o preconsciente, y el “experto” hará muy bien su papel de trabajador intelectual, justificándolo todo con gran habilidad, tratando continuamente de eludir consideraciones históricas o cualquier relación de tipo  económico que sirva para descubrir nexos capaces de delatar  las razones ocultas.  En ningún momento se permitirá hacer consideraciones de tipo humanitario que refiera las víctimas civiles ni los miles de inocentes que perecerán en los ataques, pues ha perdido de vista la totalidad y sólo está interesado en la justificación de una guerra necesaria.  Sería un caso típico más de “neutralidad ética”, con implicaciones ideológicas.   Lo mismo puede darse para derrocar un gobierno legítimo o evitar la caída de un aliado político.

Es importante considerar, aunque sea brevemente, el papel de los medios de comunicación en todos estos montajes, con las excepciones del caso, pues así como existen grupos que defienden el ambiente, mostrando un grado superior de conciencia social, existen grupos que ejercen la disidencia política procediendo a denunciar, generalmente sin resultados, esta clase de acontecimientos.   El papel de los medios es definitivo, porque las masas, que son las receptoras últimas de estos  mensajes, representan, generalmente, un material disponible, debido a la carencia de actitud crítica y de conocimiento del los hechos en profundidad.

Tal vez MacLuhan, pues no estamos seguros de quién produjo este pensamiento tan acertado, afirmó, de una manera definitivamente premonitoria: “si los medios de comunicación aspiran, de alguna manera, a promover la reconciliación de la familia humana, es indispensable que la sociedad proceda a controlarlos, antes de que los mismos la destruyan”.  Hay ejemplos muy recientes de medios de comunicación desbordados, que han estado a punto de producir alteraciones sociales considerables, en razón de sus intereses creados.  Existen recursos   muy bien estudiadas para lograr esto,  basados principalmente en la psicología conductista y en la repetición constante de los mensajes, a veces mediante técnicas subliminales, campañas en las cuales el trabajador intelectual  y la producción de ideología son fundamentales.

 

¹ La ideología no está enfocada en este trabajo en cuanto sistema de concepciones e ideas, sean estas de la naturaleza que sean, sino en cuanto falsa conciencia, es decir, en cuanto orden ideológico específicamente destinado a defender y preservar, mantener y justificar en las mentes mismas de los hombres la “necesidad” de aquel orden material, orden que actúa, algunas veces, en las mentes conscientemente, como doctrina impuesta, a guisa de teorías que se muestran como “explicativas” del orden de cosas y que encuentra siempre lugar y justificación para todo cuanto ocurre dentro de ese orden; aunque, en la enorme mayoría de los casos, el orden ideológico no se impone al nivel de la conciencia, sino como un sistema de representaciones e imágenes sensoriales, preferentemente audiovisuales, que a su vez son el soporte de un sistema de creencias y valores que se instalan en la zona preconsciente del individuo, ejerciendo, desde allí, un control social sobre aquel, con lo que la conciencia del individuo pasa a no ser autónoma ni crítica, sino conciencia-títere, conciencia falsa…