IDEOLOGIA,
ESTRUCTURA Y TOTALIDAD
La dialéctica y la ideología,¹ enfocada
ésta en cuanto justificación auto
sostenida de una estructura social dada, pueden verse como herramientas
contrapuestas: mientras la una, bien manejada, expone plenamente la verdad a la
luz del entendimiento, la otra, aún mal manejada, puede ocultarla, por siglos, dentro
del saco de las apariencias engañosas… de hecho nuestra historia está plagada de esas
ocultaciones que – normalmente -- impiden que nos veamos a nosotros mismos como
somos en verdad y al mundo como realmente es.
El autor
“Los ideólogos son
seres que hieden a falsedad como a
algunos les hieden las axilas”…
Parafraseando una frase de Jorge Gaitán Durán
“Sólo el todo es la verdad”…
Hegel
Este trabajo explica un poco por qué decidimos añadir el
ingrediente filosófico a los contenidos de nuestra modesta página Web “LO PARANORMAL Y LA CULTURA”… ¿No bastaba acaso, ya, con lo paranormal como para que probáramos
con el lío de lo filosófico? Ocurre
realmente, como solía decir un docto profesor y amigo, que abordar
desprevenidamente (indefensamente añadiríamos) eso de lo paranormal, era como
introducirse en una humareda al borde de alguna autopista para tratar de ver lo
que estaba ocurriendo dentro del monte que ardía… desmistificar es la clave,
desmistificar, irreverentemente si es necesario, pero rescatando aquellos
valores espirituales, sociales, materiales, etc., que promuevan la realización
del hombre integral en el servicio, el amor, la dignidad, la justicia, la
libertad respetuosa del derecho ajeno, el desarrollo de la conciencia, la
justicia social…
Indagar siempre pero de tal manera que no abandonemos lo mejor que la inteligencia humana ha implementado para descubrir eso que
sencillamente es lo que es: la
verdad. ¿Cómo, entonces, negarle espacio
a un mínimo de reflexión sistemática, a herramientas como la dialéctica y a la
tentación de disipar, en alguna medida, las sombras que sobre los esfuerzos que
muchos realizan, día a día, por encontrar esa verdad, arrojan omnipresentemente
las nubes engañosas de la ideología?
Quienes tenemos la mala costumbre de escribir nuestro
pensamiento convirtiéndolo en tinta, o en bitios -- para reconocer la
importancia de lo virtual en este siglo de redes computarizadas --, en algún
momento debemos seleccionar el título del trabajo o del ensayo a publicar, algo
que refleje el contenido… pero el título
que hemos elegido, terriblemente prometedor para cualquier lector exigente y
conocedor, lo ensamblamos pensando en el estilo desenfadado y riguroso de un
pensador y filósofo venezolano muy especial: Ludovico Silva, prematura y
desafortunadamente fallecido y de cuya labor nos hemos empapado releyendo
atentamente su arte, el arte de hacer
cirugía con las ideas cuando de descubrir la verdad se trata, especialmente en
el ámbito de lo social. El presente
trabajo nos permite recordarlo y las
palabras o frases en cursiva han sido transcritas literalmente de algunos
ensayos filosófico-literarios suyos, publicados por la Biblioteca de la
Universidad Central de Venezuela (De lo Uno a lo Otro, Colección Temas, 1975).
Volviendo a Ludovico Silva, deberíamos calificarlo de intelectual
en lugar de pensador, porque él distinguía claramente entre intelectual y trabajador intelectual y le habría gustado, con seguridad, ser reconocido
como un intelectual a secas, pues era un
disidente, alguien que utilizaba el poder
subversivo de la razón, es decir, la
crítica total y no mutilada, para hacerle continuas vivisecciones a la
sociedad de su tiempo. Un trabajador
intelectual, por el contrario, representaría una especie de conciencia-títere, integrada al sistema y a su servicio, a fin de mantener el orden
“necesario”…
Hemos puesto esas comillas para señalar que todo orden
social forma parte de una realidad cultural sustentada en una estructura de
pensamiento, mejor dicho, en una superestructura, dentro de la cual subsiste, bien nutrida – generalmente
– por sus beneficiarios, eso que es la
ideología, que debe parecer natural para
todos los elementos adaptados a ese conjunto social. Hablamos aquí de la cultura como todo el universo de signos y mensajes
mediante los cuales una sociedad se explica, se comprende y se presenta a sí
misma. Con la palabra “natural”, traída
del uso que le da Ludovico Silva en sus ensayos, queremos señalar que toda
ideología funciona en una sociedad dada, principalmente como pensamiento que
“explica” las relaciones de poder y la definición de los valores que
caracterizan esa sociedad, logrando que sea percibida, por el mayor número
posible de sus integrantes, como un
orden propio o natural inmodificable.
Todos sabemos que ciertos análisis de laboratorio exigen, a
veces, aislar el objeto a fin de que pueda ser examinado. Pues bien, para ciertos “analistas” y “asesores”,
la tarea de aislar partes de la realidad para “explicarlas” y justificar
el orden establecido que las determina, orden
que constituye la llamada estructura
en el ámbito de lo social, es parte de su trabajo rutinario, para lo cual relegan
hábilmente sus conexiones con la
totalidad social e histórica. Sin embargo sólo teniendo en cuenta esa totalidad,
es decir, todas las relaciones de causa y efecto adscritas al hecho por
analizar, más la historia de esas relaciones, es posible conocer la verdad de
ese hecho y sus implicaciones en los demás elementos que constituyen esa realidad y su periferia.
Al trabajador
intelectual no le interesa la relación estructural de las partes con el todo,
ni la prioridad lógica de este sobre aquellas… todo esto ocurre cuando la
conciencia (del) intelectual es falsa, cuando se abandona
la crítica y se pierde el sentido de la totalidad histórica y cuando toda
“teoría” es manejada ideológicamente para “explicar” y “justificar” el sistema
de explotación y de privilegio.
Debe llamarse
intelectual, por eso, al hombre que utiliza su conciencia para relacionar cada
hecho con el conjunto, para denunciar la relatividad de las “verdades”
parciales, la falacia de ciertas estadísticas y, en general todo presupuesto
ideológico que tienda a oscurecer la percepción de la totalidad.
La dialéctica y la ideología, enfocada ésta en cuanto justificación auto sostenida de una
estructura social dada, podrían verse, entonces, como herramientas
contrapuestas: mientras la una, bien manejada, expone plenamente la verdad a la
luz del entendimiento, la otra, aún mal manejada, puede ocultarla, por siglos, dentro
del saco de las apariencias engañosas… de hecho nuestra historia está plagada
de esas ocultaciones que – normalmente -- impiden que nos veamos a nosotros
mismos como somos en verdad y al mundo como realmente es.
En la historia de la colonización de América se conoce
un episodio que no deja de llamar la
atención y que podríamos, simplificando, citar como ejemplo de la respuesta ideológica
a un problema concreto: la necesidad de mano de obra para explotar las minas y
la tierra por parte de la cultura invasora, en este caso representada por los
españoles. Ante el desacuerdo de algunos
sectores minoritarios de la Iglesia Católica, que – por lo demás – se había
solidarizado totalmente con todas las conquistas habidas y por haber y, ¿por
qué no?, de lo que podía quedarles de conciencia a los conquistadores, la
cultura avasalladora comenzó a “justificar” el hecho cruel de tener que
utilizar a los indios como esclavos, principalmente porque, acostumbrados como
estaban a la libertad, sencillamente se morían al verse reducidos a trabajar
sin descanso ni esperanza.
Fue así como surgió “naturalmente” una discusión muy curiosa: se dudaba con
respecto a la humanidad de los aborígenes, llegando a afirmarse que eran
animales, careciendo, por lo tanto, de alma.
Manejando el Latín, ignoraron que la palabra animal proviene de la voz anima, de donde proviene precisamente también
la palabra alma, es decir, que hasta los mismos animales, a cuya categoría los
avasalladores pretendían reducir a sus avasallados, estaban animados, al menos
etimológicamente, por el hálito de la
Divinidad, mas no los congéneres
sometidos, pues al ser considerados como simples animales podían ser expoliados
sin piedad.
En esta misma página Web
vamos a exponer, pues no hemos podido ubicar al autor para el debido permiso,
un trabajo muy interesante sobre un caso de presunto contacto con
extraterrestres que, por una parte, viene a demostrar con claridad meridiana como
funciona lo ideológico en el reino de la ciencia establecida y, por otra, como
opera cierta conspiración para desprestigiar algunos casos asociables a lo
paranormal que bien valdría la pena reconsiderar. Se trata de Jean-Pierre Petit, un astrofísico
y cosmólogo francés, con títulos, densidad intelectual y honestidad suficientes como para afirmar lo
siguiente:
“El hombre de la
calle cree, ingenuamente, que los científicos buscan el conocimiento, cuando en
realidad le temen profundamente. Toda la
historia de la ciencia está llena de ejemplos.
Piensen en Galileo. La comunidad
científica se organiza (normalmente) como una iglesia que desea mantener su
dominio y sus privilegios. Esta idea los ciega por completo”.
¿Por qué este hombre, con estatus científico reconocido,
tiene el valor de expresarse en esos términos?
Podemos resumirlo: El caso, denominado “Ummo”, se conoce así por ser
este el nombre del planeta de donde, siempre según los documentos que el caso
generó por cientos en todo el mundo, provenían los seres que se auto
presentaron como “extraterrestres”. Pues bien, varios de estos documentos
generados por el asunto Ummo, contenían información tan significativa para la
ciencia, que Petit y su equipo, no sólo desarrollaron un proyecto de propulsión
(basado en la llamada Magnetohidrodinámica/MHD) que no generaría ondas de
choque a velocidades superiores a 15 veces la del sonido, sino que elaboró, y
vamos al singular porque entendemos que fue la obra de él solo, una teoría
cosmológica que plantea la existencia necesaria de dos universos gemelos, uno
de los cuales sería el nuestro.
Cuando el equipo de Petit buscó apoyo oficial para
desarrollar experimentalmente el proyecto de la propulsión mediante los
principios de la MHD, se encontró con un muro infranqueable: la objeción y el
aislamiento oficial.
“No hice más preguntas -explica: la armada, los
políticos, todos están muy interesados en el caso de los OVNI’s y aquí tenemos una evidencia directa: es el
primer intento de incluir, dentro de la investigación científica (de los
OVNI’s), algunas aplicaciones militares.
El aerodino (tipo) MHD no es para ellos un simple vehículo, sino el
verdadero misil hipersónico, cierta arma avanzada imbatible mediante cohetes
convencionales”.
Seguidamente Petit alude al
problema de la desinformación para ocultar ante el público, una vez más, hasta
la posibilidad de ciertas verdades sean conocidas:
“Al mismo tiempo
hacen lo posible por mantener a la gente alejada de la verdad que ellos conocen
desde hace largo tiempo. Con este
propósito mantienen el secreto pero también desinforman, mientras financian a
pequeños grupos de “ufólogos”, de manera que desacrediten el problema de los
OVNI’s frente al público, de una manera muy eficiente”.
“Es imposible
imaginar lo que hacen la armada y los servicios secretos para lograr que el
asunto sea percibido como una tontería.
Con respecto a los científicos, o colaboran secretamente con los
militares o participan, espontáneamente, en esta desinformación general. ¿Por qué?
Porque tienen miedo de ser considerados como tontos”.
Finalmente el cosmólogo francés plantea en forma
directa la verdadera naturaleza del problema:
“Uno debe declarar
que se requiere cierta cantidad de valor o inconciencia para admitir la idea de
que podríamos estar siendo visitados y monitoreados por gentes de otros mundos,
más avanzados en la ciencia. Esta
perspectiva aterra a los políticos y a las autoridades religiosas. Si una tal verdad fuese revelada, ¿sería,
aun, gobernable nuestro planeta?
¿Crearía ello una incontrolable onda de ansiedad?”...
Por ahí van las cosas.
Finalicemos con el ejemplo de un analista económico, o tal vez
político, consultado durante la campaña
internacional que adelanta el representante de una nación deseosa de hacer una
guerra contra otra por intereses de mercado, con la finalidad de cuadrar estrategias
de naturaleza política o comercial. Esto
no es extraño, pues hay tesis muy bien sustentadas que han analizado las
verdaderas causas de las principales guerras e invasiones (“conquistas”)
registradas, para concluir que su razón última es simplemente económica:
necesidad de expandir el territorio o el mercado, necesidad de materia prima
para sus industrias vitales o comerciales, etc.
Por supuesto, existen otras causas posibles, digamos
de orden geopolítico, militar o hasta religioso, pero –para el
ejemplo – vamos a referirnos a una causa económica.
El mencionado representante de la nación agresora, o
del grupo de naciones agresoras, no va decir públicamente cuál es su verdadera
razón, sino que escogerá cuidadosamente un argumento, o una serie de argumentos,
sosteniéndolos para justificarse, lo cual es inevitable en todos estos casos,
pues obedece a cierta necesidad
compulsiva de lavarse las manos, sin contar con el legalismo y otras
exigencias establecidas y consentidas debido principalmente a la falta de ética
imperante en las llamadas “relaciones internacionales”.
Pues bien, nuestro “analista” (“experto” o “asesor”),
llamado por una cadena de noticias o un periódico de gran tiraje, suponiendo,
en el ejemplo, que está siendo consultado con el fin de que avale la acción, no
tendrá que hacer mucho esfuerzo para argumentar a favor del acto bélico en
marcha, porque esos argumentos, esas ideas, ya están ahí, ya han sido
instalados en el orden imperante, en
el ambiente, a nivel consciente o preconsciente,
y el “experto” hará muy bien su
papel de trabajador intelectual, justificándolo
todo con gran habilidad, tratando continuamente de eludir consideraciones
históricas o cualquier relación de tipo
económico que sirva para descubrir nexos capaces de delatar las razones ocultas. En ningún momento se permitirá hacer
consideraciones de tipo humanitario que refiera las víctimas civiles ni los
miles de inocentes que perecerán en los ataques, pues ha perdido de vista la totalidad y sólo está interesado en la
justificación de una guerra necesaria. Sería un caso típico más de “neutralidad
ética”, con implicaciones ideológicas. Lo mismo puede darse para derrocar un
gobierno legítimo o evitar la caída de un aliado político.
Es importante considerar, aunque sea brevemente, el
papel de los medios de comunicación en todos estos montajes, con las
excepciones del caso, pues así como existen grupos que defienden el ambiente,
mostrando un grado superior de conciencia social, existen grupos que ejercen la
disidencia política procediendo a denunciar, generalmente sin resultados, esta
clase de acontecimientos. El papel de
los medios es definitivo, porque las masas, que son las receptoras últimas de
estos mensajes, representan,
generalmente, un material disponible, debido a la carencia de actitud crítica y
de conocimiento del los hechos en profundidad.
Tal vez MacLuhan, pues no estamos seguros de quién
produjo este pensamiento tan acertado, afirmó, de una manera definitivamente
premonitoria: “si los medios de comunicación aspiran, de alguna manera, a
promover la reconciliación de la familia humana, es indispensable que la
sociedad proceda a controlarlos, antes de que los mismos la destruyan”. Hay ejemplos muy recientes de medios de
comunicación desbordados, que han estado a punto de producir alteraciones
sociales considerables, en razón de sus intereses creados. Existen recursos muy
bien estudiadas para lograr esto, basados
principalmente en la psicología conductista y en la repetición constante de los
mensajes, a veces mediante técnicas subliminales, campañas en las cuales el trabajador intelectual y la producción de ideología son fundamentales.
¹ La ideología no está enfocada en este trabajo en cuanto sistema de
concepciones e ideas, sean estas de la naturaleza que sean, sino en cuanto falsa conciencia, es decir, en cuanto orden
ideológico específicamente destinado a defender y preservar, mantener y
justificar en las mentes mismas de los hombres la “necesidad” de aquel orden
material, orden que actúa, algunas veces, en las mentes conscientemente, como
doctrina impuesta, a guisa de teorías
que se muestran como “explicativas” del orden de cosas y que encuentra siempre
lugar y justificación para todo cuanto ocurre dentro de ese orden; aunque, en
la enorme mayoría de los casos, el orden ideológico no se impone al nivel de la
conciencia, sino como un sistema de representaciones e imágenes sensoriales,
preferentemente audiovisuales, que a su vez son el soporte de un sistema de
creencias y valores que se instalan en la zona preconsciente del individuo,
ejerciendo, desde allí, un control social
sobre aquel, con lo que la
conciencia del individuo pasa a no ser autónoma ni crítica, sino
conciencia-títere, conciencia falsa…