ENTREVISTA:
JAMES LOVELOCK
El retorno del creador de Gaia.
The Sadness o Gaia, by Josphine Wall
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La esencia de la hipótesis: GAIA es un conjunto de modelos científicos de la biosfera en el cual se postula que la vida fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para sí misma, afectando al entorno. Según la hipótesis de Gaia la atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportan como un todo coherente donde la vida, su componente característico, se encarga de autorregular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición química y salinidad en el caso de los océanos. Gaia se comportaría como un sistema auto-regulador (que tiende al equilibrio). La teoría fue ideada por el químico James Lovelock en 1969 (aunque publicada en 1979) siendo apoyada y extendida por la bióloga Lynn Margulis. Lovelock estaba trabajando en ella cuando se lo comentó al escritor William Golding, fue éste quien le sugirió que la denominase “Gaia”, diosa griega de la Tierra (Gaia, Gea o Gaya). |
Gaia es una
noción muy antigua que, a estas alturas del proceso evolutivo que ha resultado,
irónicamente, en lo humano como algo que
amenaza al sistema mismo, podríamos referirla a la inteligencia potencial de
ese extraordinario SER que es nuestro planeta…
que a los científicos les haya fastidiado el término es otra cosa, pues
algunos de ellos referirían el cuerpo planetario como una simple “masa inerte”
que se limita a albergar vida sobre su superficie… Veamos unas definiciones:
Lovelock definió
Gaia como:
“Una entidad
compleja que implica a la biosfera, atmósfera, océanos y tierra; constituyendo
en su totalidad un sistema cibernético o retroalimentado que busca un entorno
físico y químico óptimo para la vida en el planeta”…
Lynn Margulis,
quien colaboró en la hipótesis de Lovelock, consideró “metafísica” la
asociación de la Tierra con un organismo vivo y replanteó su percepción de la
siguiente manera:
“Se ha llamado
Gaia a la diosa de la Tierra o a la Tierra considerada como un organismo. Estas
frases pueden conducir a conclusiones equivocadas [...] Rechazamos la analogía
de que Gaia es un organismo individual, principalmente porque no hay ningún
organismo que se nutra de sus propios residuos ni que recicle por sí mismo su
propio alimento. Es mucho más apropiado decir que Gaia es un sistema interactivo
cuyos componentes son seres vivos.” —
Una revolución en la Evolución
Pero la inteligencia de Gaia como ser viviente no necesita ser
reconocida por nadie, aunque comprendemos que Margulis, la madre de la
simbiogénesis, como “científico” se sentía, tal vez, más cómoda,
negándole a esa otra madre, la madre Tierra, su cualidad más obvia; vamos a
finalizar esta breve nota introductoria, citando al pielroja Sunbear, quien en
su momento dijo y alguien lo legó a la posteridad, con mucho más humildad que
Margulis: “La tierra es como un gran
perro y nosotros, los hombres, somos como pulgas en su pelaje”…
Miguel Paz Bonells
“Les recomiendo
lean esta entrevista a James Lovelock, científico
ingles
creador de la teoría de Gaia, la que sostiene que la tierra se
autorregula.
Afirma – además – que en Marte no puede haber vida, al menos no como la
conocemos, porque ahí no se produce entropía (energía perdida
que
se da en todas las transformaciones). Augura
un futuro dramático
para
nuestra madre tierra”...
http://www.elpais.com/articulo/portada/retorno/creador/Gaia/elpepusoceps/20060507elpepspor_1/Tes
ROSA MONTERO 07/05/2006
Creó la controvertida teoría de Gaia, según la cual la Tierra es un todo que se autorregula. Ahora vuelve, con 86 años, tan polémico. En
España acaba de publicar su autobiografía, 'Homenaje a Gaia' (Laetoli), y en el Reino Unido saca un libro anunciando una inminente
catástrofe ambiental.
"Hay que recurrir a la energía nuclear. En países muy urbanos es absurdo intentar sacar la energía de los molinos de viento"
"Nos veremos reducidos a sólo 500 millones de humanos viviendo en el Ártico. Y tendremos que empezar de nuevo"
Ha sido uno de los
científicos más polémicos y originales de la segunda mitad del siglo
XX y aún ahora sigue haciendo de las suyas,
pero James Lovelock
posee un aspecto de abuelito amable y divertido, ese abuelo que todos
los niños del mundo quisieran tener. Ríe con
sonoras y abundantes
carcajadas, practica un sentido del humor de cuya agudeza no se salva ni
él mismo y, con su rostro risueño nimbado de
abundantes pelos
blancos, da toda la impresión de ser un hombre en paz consigo mismo y capaz
de disfrutar cada uno de los instantes de su
vida. Tiene 86 años,
pero no los representa. Desde luego no es un anciano, sino un ser
que parece estar fuera del tiempo, un personaje
salido de algún cuento,
un gnomo de los bosques, enjuto, pequeñito, vibrante de energía.
Como los gnomos, vive
en mitad del campo, en el suroeste de Inglaterra, en una
pequeña granja rodeada de 14 hectáreas de tierra.
En el exterior, el
mundo bucólico, y en el interior, una atmósfera de incesante trabajo: dos
salas llenas de ordenadores, de papeles, de
libros y cachivaches.
Allí, ayudado por Sandy, su segunda mujer, una treintena de años más
joven que él e igual de acogedora, Lovelock
prosigue con su
actividad científica. Hace 40 años, este hombre ideó la teoría de Gaia,
según la cual nuestro planeta sería un todo capaz
de autorregularse.
Nunca dijo que Gaia, la Tierra, fuera un ser pensante, ni que
tuviera conciencia ni propósito, pero, pese a ello,
sus ideas fueron
perseguidas y ridiculizadas ferozmente por los científicos durante
mucho tiempo, hasta que, a partir de los años
noventa, empezaron a
ser aceptadas de manera mayoritaria.
Este viejo científico
inglés que es un poco gnomo y quizá un poco niño adora construir sus
instrumentos con sus propias manos (habla de eso
como si fuera un
juego), y es además un prolífico inventor. Hace también 40 años creó el
detector de captura de electrones (ECD), una
máquina pequeña y
barata que revolucionó el mundo. El ECD es tan sensible que, si
derramamos una botella de perfume en Japón sobre una
manta, a las dos
semanas el detector podría percibir partículas de ese perfume en el aire de
Londres. Con ese invento sencillo y milagroso,
los ecologistas
descubrieron residuos de pesticidas en todo el planeta. Y fue el
propio Lovelock quien, usando su máquina, advirtió
en mediciones sobre el
océano la existencia de los CFC, los famosos clorofluorocarbonatos
que están alterando de manera radical el
equilibrio atmosférico.
Todo esto dio lugar al Protocolo de Montreal y a cuanto ha venido
después en el tema de la política medioambiental.
Se puede decir que
Lovelock cambió el mundo, y desde luego fue el padre de la ecología
moderna, aunque, en general, él no se lleva
demasiado bien con los
verdes: considera que la mayoría de los ecologistas "no
sólo desconocen la ciencia, sino que además la odian".
Ahora, este abuelo
vitalista y alegre regresa convertido en un mensajero de la
oscuridad. Su último libro, The revenge of Gaia (La
venganza de Gaia),
recién publicado en el Reino Unido, viene a decirnos que estamos
inevitablemente abocados a una catástrofe natural
casi inmediata. Desde
luego, resulta difícil creer que el mundo tal y como lo conocemos se
haya acabado para dentro de 60 u 80 años. Pero, a
fin de cuentas, también
nos resulta difícil creer en nuestra propia muerte.
Me temo que sí, es una historia muy triste, aunque no totalmente desesperada. Va a ser un golpe muy grande para los humanos, pero habrá
supervivientes y tendremos la oportunidad de empezar de nuevo. Porque en esta ocasión lo hemos hecho fatal. En cierto modo me siento mal por
ser el portador de unas noticias tan terribles, pero por otro lado miras alrededor y ves que las cosas empeoran y empeoran por momento en
el mundo, y alguien tiene que intentar detener ese desastre.
Dice
usted que para 2050 se habrán deshelado los polos y que Londres, entre
muchos otros lugares de la Tierra, estará sepultado bajo las aguas.
En efecto, los polos se habrán deshelado totalmente, y puede que antes de esa fecha. En cuanto a las inundaciones, no estoy seguro de si
ocurrirán tan pronto. Lo que provocará las inundaciones masivas será el deshielo de los glaciares, y puede que eso tarde un poco más.
Pero
en cualquier caso sería lo suficientemente pronto, antes de que se
acabe este siglo.
Oh, sí, eso desde luego. Definitivamente, antes de que se acabe este siglo, Londres estará inundado. Y todas las zonas costeras. Imagínese
Bangladesh, por ejemplo; el país entero desaparecerá bajo las aguas. Y sus 140 millones de habitantes intentarán desplazarse a otros países…
Donde no serán bien recibidos. En todo el mundo habrá muchas guerras y mucha sangre.
Mire,
lo que más me inquieta de sus predicciones es que usted nunca ha sido
un hombre apocalíptico.
Nunca, nada. Siempre he sido justamente todo lo contrario.
Que
usted salga ahora con un libro tan pesimista debe de haber supuesto
un choque en la comunidad científica.
Bueno, tengo bastantes amigos en el campo de la ciencia, y especialmente dentro de los científicos del clima, que manejan los
mismos datos que estoy manejando yo. Lo que pasa es que, al estar empleados, no pueden hablar claramente de estas teorías, porque si lo
hicieran perderían sus trabajos. Pero han hablado conmigo y me han dicho que en cierto sentido, yo soy su portavoz. Están muy
preocupados. Y su actitud respecto al libro que acabo de publicar es que, en todo caso, se queda corto. La situación es verdaderamente muy mala.
Tan
mala que usted sostiene que hay que recurrir a la energía nuclear, porque
no hay tiempo para descubrir otra energía alternativa lo
suficientemente
eficiente.
Así es. No es que yo esté en contra de otras energías alternativas, sobre todo en algunas zonas como, por ejemplo, los países desérticos,
en donde resulta de lo más razonable usar la energía eólica para desalinizar el agua. Pero en países muy urbanos y densamente
habitados, como Inglaterra o Alemania, es absurdo intentar sacar la energía de los molinos de viento.
Su
apoyo actual a la energía nuclear le ha puesto otra vez en el ojo del
huracán. Seguir siendo así de polémico con 86 años tiene su mérito y
su gracia.
Bueno, supongo que sí, en tanto en cuanto consigas evitar los misiles que te disparan desde todas partes.
Además
de científico es usted inventor y ha creado unas sesenta patentes.
Pues sí, pero no poseo ninguna de ellas. La gente no suele saber que, si quieres patentar algo, todo el proceso legal hasta llegar a la
patente te cuesta 100.000 libras (140.000 euros), y a ver cuánta gente tiene dinero para poder permitírselo. Porque, además, sólo un invento
de cada cinco termina siendo rentable. Por otra parte, no soy un hombre de negocios y nunca quise serlo, así es que lo que hice fue
buscar alguna empresa buena, amable y honrada, como Hewlett-Packard, por ejemplo; es una de las compañías con las que trabajo. Y entonces
llegas a un acuerdo muy simple según el cual les cedes tus inventos dentro de un campo determinado, y a cambio ellos te pagan un dinero.
Hewlett-Packard me ha pagado 32.000 dólares al año, y me basta.
Pero
podría haberse hecho usted multimillonario con alguno de sus hallazgos…
Sobre todo con el ECD. Y, de hecho, usted patentó ese
invento.
Pero luego se lo robaron.
Lo que sucedió es que yo fui a la universidad norteamericana de Yale a trabajar durante unos meses en el departamento de medicina. Ya llevaba
el ECD en la cabeza desde mucho antes, pero lo construí allí. Los de Yale dijeron: "Bueno, vamos a patentarlo; un tercio para Yale, otro
para una agencia de patentes y otro tercio para ti". "Bueno", dije, "acepto". No soy avaro y no me importaba compartir la patente.
Pero en cuanto registramos el ECD recibí una carta muy ruda del Gobierno Usamericano diciendo que ellos se quedaban con la patente. Me
quedé atónito, pero entonces recibí una carta mucho más amable del decano de medicina de Yale, en la que me pedía por favor que
renunciara a mis derechos, porque estaban amenazando con cortarles la mitad del presupuesto al departamento. Así es que renuncié. Podría
haber acudido a abogados y demás, pero todo eso cuesta dinero y yo no sabía si iba a poder recuperarlo. A decir verdad, por entonces yo no
pensaba que el ECD fuera a ser una patente muy valiosa.
Y luego se convirtió en uno de los inventos fundamentales de la segunda mitad del siglo XX.
Sí, pero… Por favor, no me gustaría que diera la imagen de que me siento frustrado o amargado por eso, por haber perdido la patente. No
es algo que me haya preocupado. Mire, esto es el ECD (coge un objeto de su escritorio y me lo enseña: es un humilde objeto del tamaño de
una cajetilla de cigarrillos, unos cuantos hierros viejos clavados a una base de madera).
¿Y esto tan pequeño cambió
el mundo?
Bueno, no tiene por qué ser grande. Y lo que me encanta es que lo fabriqué yo mismo. Fue muy divertido.
Sí,
y para conseguir la fuente radiactiva que necesitaba raspó la pintura
fluorescente del cuadro de mandos de un viejo avión militar.
Cierto. Y fíjese, hoy ya no podría hacer eso, porque las nuevas regulaciones verdes respecto al manejo de la radiactividad me lo
impedirían. Es increíble, pero si los verdes hubieran sido verdaderamente poderosos en los años cincuenta, nunca hubiera podido inventar este aparato.
Luego
colaboró con la NASA. Entre otras cosas, inventó un instrumento que
luego formó parte de la 'Viking'.
Sí, la pieza que aterrizó en Marte con la Viking era como ésta. (Vuelve a tomar algo de su escritorio y me lo enseña: es una birria
metálica, una especie de muelle de lo más anodino, no más grande que una caja de cerillas). No resulta nada espectacular, pero le aseguro
que los instrumentos que analizaban la atmósfera no hubieran funcionado sin ello.
Estando
en la NASA se hizo amigo de otros científicos y ahí apareció Gaia,
de golpe, como un relámpago, en el año 1965.
Sí, trabé conocimiento con los biólogos y un día me dijeron: "¿Por qué no vienes a una conferencia que tenemos sobre la detección de vida en
Marte?". Me pareció estupendo y acudí. Y resulta que los biólogos estaban desarrollando equipos de detección para la superficie de Marte
como si fueran a buscar vida en el desierto de Nevada. Y yo no hacía más que decirles: "¿Pero cómo podéis pensar que la vida de Marte, si
es que hay vida, va a crecer en el medio que le habéis preparado? La vida allí puede ser completamente distinta". Entonces me dijeron: "¿Tú
qué harías?". "Bueno, yo intentaría buscar una reducción de la entropía". Esto les hizo tragar saliva, porque dentro de la
fraternidad biológica nadie parece tener una idea clara de lo que es la entropía. Eso me forzó a desarrollar un análisis atmosférico que
marcara qué condiciones pueden llevar a la vida, y de ahí surgió Gaia.
Lo
que usted les dijo es que el equilibrio químico de la atmósfera posee
un índice muy alto de entropía, o lo que es lo mismo, de
desorden.
Y que cuando se encuentra una atmósfera con una entropía baja,
en la que hay demasiado metano, o demasiado oxígeno, o cualquier otro
ordenamiento químico anómalo, eso indica la presencia de vida. Porque es la
vida la que altera el equilibrio químico y lo ordena. Esa idea de la vida como
generadora de orden es muy bella.
Gracias. Verá, es que el jefe de allí se enfadó conmigo porque yo había llevado la contraria y exasperado a los biólogos, y me dijo:
"Mira, hoy es miércoles. Ven el viernes a mi despacho con un sistema práctico de detección de vida a través de la atmósfera o atente a las
consecuencias". Aquello sonaba a una amenaza de despido, y la verdad es que cuando te someten a una presión tan grande es increíble lo
deprisa que puedes pensar e inventar.
Y
del miércoles al viernes nació Gaia.
Lo que pensé es que esos gases de la atmósfera reaccionan los unos con los otros muy rápidamente. Sin embargo, la atmósfera de la Tierra
había permanecido estable durante mucho tiempo. Y me dije: "¿Qué es lo que hace que se mantenga esta estabilidad?". Y lo único que podía
mantener ese equilibrio era la vida.
Luego,
con el tiempo, la teoría fue desarrollándose. Gaia no sólo mantendría
la atmósfera estable, sino también la salinidad de los
mares,
el clima… El nombre de Gaia, que es el de la diosa griega de la Tierra,
se lo dio su amigo el escritor y premio Nobel William Golding. Pero
la comunidad científica parece haber odiado esa denominación desde
el primer momento.
Bueno, no todos. A los científicos del clima les gustó el nombre y la idea desde el principio. El problema siempre ha sido con los biólogos.
De alguna manera, los biólogos creen que la vida es su propiedad.
El
rechazo, de todas maneras, fue tan clamoroso e insistente que han rebautizado
la teoría… Ahora se llama Ciencia del Sistema de la
Tierra.
Sí, es que todo era tan difícil en los años ochenta, y los biólogos eran tan ruidosamente anti-Gaia, que ni siquiera conseguías publicar
un artículo en una revista científica si llevaba la palabra Gaia por algún lado. Y por fin un buen número de científicos sensatos de
Estados Unidos solventaron el problema utilizando lo de Ciencia del Sistema de la Tierra, que es un término que nadie puede rechazar, pero
que no tiene el impacto que Gaia tiene para el público. De hecho, el término Gaia está regresando.
Dice
que era imposible publicar artículos que trataran de Gaia. Sé que pasó
usted unos años durísimos. Durante mucho tiempo estuvo
prácticamente
solo, aparte de unos pocos apoyos, como el de la eminente
bióloga Lynn Margulis. Pero no consiguió ni una sola
subvención
para sus trabajos y los científicos le dedicaron los insultos
más feroces: decían que era usted un "completo imbécil", un
"místico
chiflado"…
La década de los ochenta fue terrible en muchos sentidos, sí… Hubo también algunas cosas buenas, pero fue una época de mucho dolor y
sufrimiento; también en el sentido literalmente físico. Con todo lo que me pasó por entonces, no sé cómo no caí en una depresión, la
verdad. Pero es que deprimirme no es mi estilo.
También
me admira que no se convirtiera en un amargado. Sabe, suele suceder
que, cuando alguien cree estar en lo cierto y todo el mundo le contradice
y desprecia durante años, esa persona se llena de frustración
y de odio. En usted no veo nada de eso.
Bueno, eso creo que tiene que ver un poco con nuestra idiosincrasia de ingleses locos. Yo fui educado un poco para reprimir toda emoción, ya
sabe, esa cosa inglesa tan típica. De manera que creo que para mí hubiera sido simplemente de mal gusto comportarme como si me importara
el rechazo de los demás. Claro que las cosas han cambiado y las nuevas generaciones de ingleses ya no son así; ahora son mucho más parecidas
al resto de Europa, pero en mis tiempos había un poco de eso, esa educación que hacía que te comportaras con una especie de distancia
olímpica. Esto tiene sus cosas malas, pero también buenas, porque cuando te llega una época negativa estás mucho mejor equipado.
Mientras
le discutían su teoría de Gaia, estaba usted inmerso en lo que
llama "la guerra del ozono", que fue toda la polémica que hubo en los
años setenta entre los verdes y los químicos industriales.
Ay, sí. Ésa fue una batalla adyacente y también estuve en el sector equivocado. Se ve que es mi sino esto de estar en el sector erróneo.
Usted
estuvo alineado con la industria. Pero dice en su autobiografía que
se descubrió ahí, que no es que eligiera partido.
Pues sí, es que simplemente las cosas sucedieron así. Con el ECD, la gente empezó a descubrir restos de pesticidas por todas partes del
mundo y empezaron a ponerse locos con eso. Pero es que el ECD es un aparato tan ultrasensible que yo le aseguro que si ahora cojo una
muestra de su sangre o de la mía, podría sacar la huella de todos los pesticidas que se han usado en el planeta, porque están almacenados en
nuestro cuerpo. Ahora bien, los niveles de estas sustancias son tan extraordinariamente pequeños que son totalmente inofensivos. Y lo que
sucede es que los verdes no son nada sensatos y no saben distinguir entre la presencia de un pesticida y que esa sustancia alcance un
nivel dañino. El médico medieval Paracelsus ya dijo que el veneno es la dosis, y tiene razón, pero los verdes no podían entender eso. Y el
caso es que cuando descubrí los CFC en el océano, me dije: "Oh, Dios mío, ahora los verdes van a decir que nos estamos envenenando con este
producto químico", que provoca cáncer y todo eso, cuando en realidad se trataba de cantidades ínfimas. Y entonces en aquella guerra sostuve
que el CFC no era dañino; y eso me colocó en el sector de los malos desde el principio.
Luego
se descubrió que, en efecto, el daño que hacían los CFC era de otro tipo.
Claro, tiempo después se descubrió que el daño que hacían los CFC era en la estratosfera y a la capa de ozono, pero no en el aire y como
riesgo biológico para la gente. En fin, fue una batalla muy áspera y amarga. Además de inútil. El verdadero problema es que la gente no se
ha hecho cargo de la situación medioambiental, y entonces Gaia está haciéndose cargo de ella, por así decirlo. El deterioro ha ido
demasiado lejos y ahora el sistema está moviéndose rápidamente hacia uno de esos momentos críticos. Vamos a vernos reducidos a quizá 500
millones de humanos, tan poco como eso, 500 millones de humanos viviendo allá arriba, en el Ártico. Y tendremos que empezar de nuevo.
Y
si nos esforzamos en tomar medidas y abandonar todas esas prácticas que
están alterando el ozono y provocando el cambio climático…
No serviría de nada. Hace 100 o 50 años hubiera sido posible hacer algo, pero a estas alturas ya no hay manera de detener el proceso. Yo
creo que dentro de la ciencia del clima todo el mundo sabe que ya es demasiado tarde. Es como ir dentro de un bote y estar demasiado cerca
de una catatara. Por mucho que remes, no podrás evitar la caída. Y ahora lo mismo: no se pueden parar las fuerzas naturales que mueven el
planeta. A veces pienso que estamos igual que en 1939, cuando todo el mundo sabía que iba a empezar una guerra mundial, pero nadie se daba
por enterado.
Si
todo da igual, ¿qué importa usar energía nuclear o no?
Sí importa, y mucho, porque lo fundamental es conservar nuestra civilización, de la misma manera que la civilización romana se
conservó en los monasterios durante la época oscura. Sin duda, vendrá una nueva época oscura, y los supervivientes necesitan una fuente de
energía. Y, por ahora, la única fuente suficiente que puede proporcionar electricidad y alimentos y calor a los supervivientes en
su retiro ártico es la energía nuclear, es lo único sensato.
Volvamos
a su biografía. Tantos años luchando contra la incomprensión y,
de repente, en la década de los noventa todo parece que se arregla. Empiezan
a darle doctorados 'honoris causa' y premios importantísimos como el Amsterdam,
en 1991, y su teoría de un planeta que se autorregula es hoy
prácticamente aceptada por todo el mundo, con o sin el polémico nombre
de Gaia. Usted cita en su autobiografía una frase del psicólogo William
James sobre el lento proceso de aceptación de una idea nueva: "Primero
la gente dice: 'Es algo absurdo'. Luego dicen: 'A lo mejor tiene
razón'. Y por último dicen: 'Eso ya lo sabíamos todos desde hace mucho
tiempo".
Sí, sí, ha sido exactamente así. Es alucinante pasar por todo ese proceso dentro de una vida, de tu propia vida.
Una
vida, además, que le ha sido muy difícil en muchos sentidos. Su primera
mujer tenía esclerosis múltiple, enfermedad degenerativa de la que
murió. Su cuarto hijo, John, nació con un problema cerebral; todavía
vive con usted aquí, en la granja. En 1972 tuvo usted una primera
angina de pecho y se pasó 10 años tan enfermo del corazón que para
caminar cien metros tenía que tomarse trinito glicerina. Y en 1982,
por fin le operaron a corazón abierto y le hicieron un 'bypass', pero
en el transcurso de esa intervención le dañaron la uretra, y a partir
de entonces ha tenido que ser operado otras 40 veces. Hubo temporadas
en las que pasaba por quirófano cada semana.
Sí, sí. Y todavía sigo con ese problema. Aunque ahora no es tan crítico.
Todo
eso unido al rechazo de sus teorías y cuando ya estaba cerca de los
setenta años. Es como para rendirse.
Pero yo tenía la sensación interna de que todavía iba a vivir bastante. Todos sabemos que vamos a morir en algún momento, pero creo
que de alguna manera sabes dentro de ti si esa muerte está próxima o no… Yo ahora mismo sé que es muy improbable que me muera mañana,
incluso con la edad que tengo. Y yo tenía esa sensación de vida incluso entonces, en el momento de mayor negrura. Y si tienes esa
vitalidad, simplemente sigues adelante.
En
1988, con 69 años y en el momento de mayor negrura, como usted dice,
se enamoró como un adolescente de Sandy. Desde luego, hace falta mucha
vitalidad para enamorarse así.
Bueno, llevaba mucho tiempo carente de amor, digámoslo así. Porque yo estaba comprometido con mi primera mujer por su enfermedad,
naturalmente no podía abandonarla así. Pero hacía tiempo que estaba carente.
Luego,
junto con Sandy, llegaron casualmente todos los premios y los reconocimientos.
Ha declarado usted que éstos son los años más dichosos
de su vida. Es una especie de final feliz.
Pues sí, es verdad, exceptuando que ahora en el siglo XXI va a haber un enorme desastre ambiental.
Hablando
de finales, me conmueve cómo termina 'Homenaje a Gaia', su preciosa
autobiografía. Explica usted que es un hombre de ciencia, que es
agnóstico y que no tiene fe. Y añade: "Es consolador pensar que formo
parte de Gaia y saber que mi destino es fundirme con la química de
nuestro planeta vivo".
Creo que es buena manera de contemplar el final. A veces me pregunto por qué dejamos de adorar la Tierra, porque dependemos de ella en
todos los sentidos. Creo que fue un gran error que el ser humano dejara de adorar la Tierra y empezara a adorar dioses remotos.
Además,
como dice en su libro, Gaia es también una vieja dama. Ha vivido
4.000 millones de años y le quedan como mucho, dice usted, 1.000
millones más. De manera que, en términos humanos, Gaia viene a tener
unos ochenta años, como usted.
¿No le parece hermosa esa idea de una diosa que también es mortal, que ha envejecido con nosotros y que, al igual que nosotros, acabará algún día?
Fuentes:
Proyecto Interredes
<lacasadelared@gmail.com>
redanahuak@eListas.net
RED ANAHUAK <redanahuak@elistas.net>
[redanahuak] 'La Tierra ya esta en plena rebeldia' / Entrevista a James Lovelock / El retorno del creador de Gaia
Date: Thu,
From: Reinhard Senkowski
<senkorei@yahoo.com>
Date: 08-mar-2007 4:40
Subject: FWD: [Enlace_Ambiental]
Vale leer las teorías y libros de Lovelock:
• Lovelock, James, The Ages of Gaia. A Biography of Our Living Earth. London, 1988. [Las Eras de Gaia. La Biografía de nuestra Tierra Viviente].
• Lovelock, G. Bateson, L. Margulis, H. Atlan,
F. Varela, H. H. Maturana y otros, Gaia. Implicaciones
de la nueva biología. Barcelona 1995. Tercera. Edit., p. 26.
Thompson, G., W.